Sexto
Alan llevaba años preparándose para conquistar el Aconcagua, montaña ubicada en la provincia de Mendoza, en el oeste de Argentina. Solía soñar despierto en la travesía y alcanzar la gloria para sí mismo, por lo tanto, no subió con sus compañeros de entrenamiento.
El día cero llegó, Alan empezó a subir la montaña, ya se hacía tarde, luego muy noche, sin embargo, decidió seguir escalando determinado a alcanzar la cima. La oscuridad lo alcanzó y no se preparó para acampar. Ya no podía ver nada en absoluto, invisibilidad total, la luna y las estrellas cubiertas por las nubes.
Pese a la circunstancia, Alan, continuo subiendo por un acantilado, a sólo 100 metros de la cima, se resbalo y se desplomo por los aires… caía a una velocidad vertiginosa. Sólo podía ver manchas a medida que caía, cada vez más, su corazón se aceleraba y el miedo se apoderó de él.
Seguía cayendo… y en esos momentos de angustia, pasaron por su mente sus gratos y aquellos que eran una tortura para la vida. Creyó que moriría, de repente, sintió un tirón que casi lo parte en dos. Sí, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura. No fue suficiente.
En esos momentos de quietud, suspendido por los aires, no le quedo más remedio que gritar:
– ¡Ayúdame Dios mío!
De repente, una voz grave y profunda contestó:
– ¿QUE QUIERES QUE HAGA?
– Sálvame Dios mío.
– ¿REALMENTE CREES QUE TE PUEDA SALVAR?
– Por supuesto, Señor.
– ENTONCES CORTA LA CUERDA QUE TE SOSTIENE.
Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre se aferró más a la cuerda y reflexionó…
Cuenta el equipo de rescate, que al encontrar al alpinista, colgaba de una cuerda congelado, fallecido, agarrado con fuerza a la cuerda… a tan sólo dos metros del suelo.

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